Semana Santa 2002

Manuel Jaén, Vicerrector de Relaciones Internacionales de la Universidad de Almería nos escribe esta "Semblanza de un viaje a Egipto":

Con estas líneas quiero responder a la amable invitación de mis queridos amigos Mari Paz y Gamal para contar mis impresiones del viaje conjunto a Egipto.

Para todos los occidentales, Egipto es un país exótico lleno de leyendas, mitos y fascinación. Para los que hemos leído a Terenci Moix o Naguib Mahfuz, es también un paisaje o un escenario en el que han tenido lugar las historias de Radhopis la cortesana o el arpista ciego. Para un economista es la más pura contradicción entre un pasado lleno de pujanza, de liberación del artista por el excedente del trabajo, y el presente, consecuencia del sometimiento y la opresión hasta fechas muy recientes de los colonizadores extranjeros. Para el viajero impenitente es una especie de viaje iniciático o culminación, valga la contradicción, de todos esos viajes a lugares apenas señalados en los mapas.

Pero Egipto es, sobre todo, un viaje al inicio de los tiempos, a esas cifras asombrosas de 4.000 ó 5.000 años anteriores a nuestro tiempo que los arqueólogos han señalado como fecha de construcción de esta tumba o aquel Templo Pero es, también, una vuelta a la infancia o a la adolescencia ¿te acuerdas cuando el profesor de historia te preguntaba los nombres de aquellas increíbles pirámides que veías en las láminas de tu libro o te contaba con aire misterioso los descubrimientos del valle de los Reyes o la enormidad de las estatuas de Ramsés II?, Egipto es, también, una puesta de sol sobre el Nilo o un amanecer en el desierto. Es, también, un país expoliado por las grandes potencias occidentales que lo han saqueado sistemáticamente llevándose sus mayores tesoros al Louvre o al Museo Británico.

Es difícil separar el conocimiento intelectual de la sensación pura y dura. Es difícil no enmarcar lo que se ve alrededor con el conocimiento adquirido a través de los profesores o los libros. Por ello cuando contemplas las pirámides o el valle de los Reyes o cualesquiera templos o grandes estatuas, los sitúas en un contexto mental e intentas pensar si aquello es del imperio antiguo o nuevo o si pertenece a la época ptolomeíca, cual es la forma de las figuras o el motivo representado que te lleva a tal o cual época o dinastía. Sin embargo es mejor la mirada ingenua y asombrada ante la contemplación de una civilización varias veces millonaria que se desarrolla a lo lago de una estrecha franja y a la que el culto a la vida, la creencia en el más allá empuja a construir por doquier monumentos funerarios. Resulta asombroso y difícil de entender que se puedan construir las pirámides de Keops, Kefren y Micerinos sin conocer la rueca o las increíbles técnicas de construcción de monolitos o estatuas de más de veinte metros de altura en un solo bloque modelados en la propia cantera para ser trasladados posteriormente a su lugar de destino.

No hay más remedio que sonreír con cierto sarcasmo o cinismo ante la ignorancia supina de todos aquellos que desprecian a los pueblos que habitan estos lugares, cuna de la civilización y punto de encuentro de los conocimientos científicos, filosóficos y técnicos que, a través de muchos siglos, han construido la actual civilización occidental.

¿Qué decir del Egipto actual?. Un país que a veces parece anclado en la Edad Media como en los bazares o en los mercados callejeros, en lo peor del mundo actual como en esa ciudad de El Cairo eternamente polucionada y atascada de coches, y a veces en la vanguardia de la más estricta modernidad como en la Biblioteca de Alejandría con un edificio en el aprovechamiento de la luz solar, con utilización de las más modernas técnicas de ordenadores para la lectura de incunables y documentos únicos.

Pero siempre en un país lo mejor o lo peor son sus gentes. El carácter dulce, agradable y tolerante de los egipcios se deja ver por doquier no sólo en cuanto a la convivencia secular en el mismo suelo de las tres religiones de libro sino en cuanto a la convivencia actual de distintas formas de vida y comportamiento. Es fácil ver a hombres y mujeres vestidos con sus ropas o trajes tradicionales, con el sencillo pañuelo en la cabeza que, por cierto, nuestras mujeres han lucido estos días por mor del calor y del viento que lanza, con inusitada violencia, la arena a la cara, o bien a la más moderna forma europea. Quizás no sea fácil ver una minifalda extrema o un gran escote en las calles pero sí se pueden ver, en abundancia, en esos grandes hoteles que proliferan en la capital cairota.

Los violentos contrastes de los países del tercer mundo, lo que los economistas llamamos eufemísticamente países en vías de desarrollo, se pueden ver a diario en El Cairo, Alejandría o cualquiera de las ciudades que, a lo largo del Nilo, jalonan este bello país. Modernas avenidas bien equipadas llenas de lujosos edificios al lado de las mayores miserias. Este es el lado triste, amargo, que se puede dejar de ver. La ineficiencia en los servicios, un aeropuerto para una ciudad de dieciocho millones de habitantes con vuelos procedentes de todos los países del mundo, la necesidad y el engrase permanente de la propina o la improvisación son asuntos, cuestiones, que no dejan de chocar con nuestra, aún reciente, mentalidad europea.

No puedo terminar esta semblanza sin un recuerdo a Riham, nuestra doctora-guía que nos ilustró profusamente con sus enciclopédicos conocimientos del pasado y el presente egipcio y, por supuesto, a nuestros queridos amigos Mari Paz y Gamal a los que tenemos que agradecer esta iniciativa y su puesta en práctica, su trabajo diario y permanente para hacerlo todo mejor, para que nuestro viaje fuese inolvidable.

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